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Trenes viejos, destartalados, de acero por dentro y por fuera, así son los trenes búlgaros. Sin embargo conservan el espíritu romántico y aventurero de los viajes en tren.
Hace tres semanas fui de excursión con un amigo a un pueblo llamado Tryavna, estaba a tan solo 400 kilómetros de Varna y tardamos más de 6 horas en recorrerlos. Aquí los trenes no superan los 110 kilómetros por hora, y puedo asegurar que la hora de llegada nunca se sabe con exactitud.

Llegamos no sin ciertas dificultades en el transporte, a nuestro destino, Tryavna, una ciudad en el corazón de Bulgaria alejados de todo bullicio que desprende el turismo barato de la costa del Mar Negro, paseamos por sus angostas calles empedradas a la antigua. Algo que realmente me sorprendió fueron las mesas y sillas que tenían en sus cafeterías. Eran pequeñas y hechas de madera, como sacadas de un cuento de hadas. Al principio pensé que era una manera de atraer  a la clientela pero según me contaron antiguamente la gente comía lo más cerca del suelo posible, ya que del suelo sale toda la fruta y verdura, y es lo más natural, y ellos como es lógico querían estar lo más cerca posible de la naturaleza.

Un río atravesaba el pueblo, dejando como único modo de acceder desde la iglesia y la plaza principal un pequeño puente de piedra, A un lado la montaña, y al otro la montaña de nuevo, el pueblo estaba inmerso en un valle donde las temperaturas aun siendo pleno mes de Agosto eran frescas.

Un lugar distinto a todo lo que había visitado hasta entonces.

Lali

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